Mi?rcoles, 27 de octubre de 2010

 

Marcelino Olaechea Loizaga   

 Hace veinticinco años en la catedral de Madrid, el obispo y patriarca doctor Eijo y el actual arzobispo de Oviedo doctor Lauzurica, ambos obispos coconsagrantes, iban diciendo junto a mí en voz baja las palabras o súplicas de la segunda parte del prefacio que cantaba el obispo consagrante, que era el nuncio, luego cardenal Tedeschini, después de ungir mi cabeza con el santo crisma: “Que esta unción, Señor, se extienda copiosamente por su cabeza, que corra por su pecho, que descienda hasta las extremidades de su cuerpo, a fin de que brille la constancia de la fe, la pureza de la dilección y la sinceridad de la paz; que por tu gracia sean hermosos sus pies cuando predique la paz, cuando anuncie tus bienes. Concédele, Señor, que sea ministro de reconciliación de palabra y de obra, con poderosos signos y prodigios. Que su lenguaje y su predicación estribe no en palabras persuasivas del humano saber, son en efectos sensibles del espíritu y fortaleza de Dios. Concédele, Señor, las llaves del reino de los cielos y que, sin vanagloriarse de esta potestad, use de ella para edificar y no para destruir. Que todo lo que atare en la tierra sea atado en el cielo y todo lo que desatare en la tierra sea desatado en el cielo. Sea el siervo fiel y prudente, constituido por Ti, Señor, para distribuir a tu familia el alimento en el tiempo oportuno y haga perfecto a todo hombre. Sea infatigable en los cuidados, y fervoroso de espíritu, odie el orgullo, ame la humildad y la verdad, sin que jamás, arrastrado por la adulación o el temor, les haga traición. Que no convierta la luz en tinieblas ni las tinieblas en luz; que no llame mal al bien ni bien al mal. Que sirva de igual modo a sabios y a ignorantes, a fin de que consiga fruto de aprovechamiento de todos”

   Repasando estas palabras, no siento angustia. El Señor me ha dado parte de su paternidad y de su maternidad, como dice la autor de Alegría en la Fe. El que ha de juzgar es el mismo que todos los días sube a la terraza a ver si viene el hijo para darle el abrazo y llorar de gozo por su vuelta a la casa paterna. Confío en su paternidad y en su maternidad. El me ama en lo que soy. No me lleva a El su severidad, sino su amor. Ese amor que tiene lo que nosotros llamamos su debilidad, que es su misericordia. Setenta y un años de vida acogido a su misericordia. He hecho el bien. Mi proyección del apostolado, El la sabe. Si algún bien he hecho ha sido por su socorro. Si algún bien he hecho lo debo a la Congregación Salesiana; lo debo a mi Navarra, al Ayuntamiento, a la Diputación aquí presente, al Ayuntamiento de mi pueblo, al clero ejemplar, austero y decidido, castillo fuerte de las santas tradiciones de la fe y de la piedad. Lo debo a Valencia, a sus ejemplares autoridades, formando con ellas una sola persona; al clero modelo aureolado de mártires; al pueblo, ideal de honradez, trabajo y cordialidad, enamorado de la Eucaristía por san Juan de Ribera; enamorado con delirio de la Madre de los Desamparados; lo debo al obispo auxiliar que Dios me dio, mi querido don Jacinto; al auxiliar que hoy tengo, preclaro hijo de esta tierra bendita, leal y decidido colaborador. La misericordia de Dios no me ha faltado. ¡Benditos seáis cuantos me ayudasteis!

    Termino con el ruego del prefacio aludido: “Colmados sean -dijo mi consagrante- de bendiciones los que te bendigan, y los que te maldijeren, malditos sean”. ¡No, Señor! Hoy abro yo mis brazos para decirte: Si alguien no me ha bendecido, Señor, Bendícele. Que todos por tu misericordia sean amantes de Ti y de la Virgen. Benditos todos en sus familias, en sus trabajos, y esa bendición sea garantía de la bendición tuya, Cordero inmaculado, por toda la eternidad.

(Valencia, 30 de octubre de 1960, fiesta de Jesucristo Rey).


Publicado por luis.mo @ 13:23
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios